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EN FEBRERO, FLAUTA Y BANDERA

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Tabla de contenido

Hace 4 años que el autor, César Girón, escribió este texto denunciando la falsa e indigna autonomía sufrida por una gran parte de los ciudadanos.

El tiempo transcurre rápidamente pero una sensación de lentitud, pesadez, congoja y cabreo constante ante la continua y persistente pérdida de capacidad de decisión de Granada, atenaza a tantos y tantos que se consideran granadinistas.

Desafortunadamente todo sigue igual. Es necesario grandes dosis de explicaciones didácticas a todos los niveles, sobre todo a los jóvenes, que les han hurtado la realidad histórica de su entorno.

Es por ello que difundimos este artículo, que podemos considerar como uno de los más significativos, de cabecera.

No nos privemos de manifestar públicamente nuestro anhelo granadinista, hablemos con nuestras familias, amistades, conocidos, expliquemos nuestros deseos de forma razonada, didáctica y pongamos en nuestros balcones o ventanas nuestra seña de identidad, manteniéndola puesta de forma indefinida: la bandera de la Región de Granada

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Texto del artículo publicado en el Ideal con fecha 29.08.2019:

DE LA PATRIA A LA MATRIA

POR EL MES DE FEBRERO DE CADA AÑO SE OBLIGA A TODO EL SISTEMA EDUCATIVO A CELEBRAR Y CONMEMORAR A GOLPE DE FLAUTA Y DE BANDERA INVENTADA LO QUE SOLO DEBE SER UNA FECHA TRISTÍSIMA EN EL CALENDARIO.

CÉSAR GIRÓN

La insoportable levedad del diálogo infantiano ha venido a adornarse en estos días con un nuevo jalón, la soberana estulticia bolivariano-feminista de la “matria”. Hay ya plumas autorizadas por su constancia en el discurso no-andalucista como por su vasta formación académica, que vienen denunciando el abismo al que la propia Andalucía, la matria de los pseudo andaluces autoerigidos en progres que a todo se atreven sin temor alguno, se ha visto avocada después de 40 años de desastre de gestión política de una idea tan falsa e inasumible, como es el de la identidad andaluza.

El que se atreva a criticar a Blas Infante o a la actual Andalucía, no será respondido, como el que se atreva a criticar al muy criticable Voltaire, por la calidad de sus argumentos, sino como el que toca principios sagrados que llevan al ostracismo o a la persecución de manera inmediata. Lo sé por propia experiencia. “El que no está conmigo está contra mí. Yo soy la verdad y lo correcto. Soy la civilización. Negar Andalucía es una manifestación del fascismo derechista que trata de preterir los derechos históricos de esta tierra subyugada que se extiende desde Sierra Morena hasta el Mediterráneo y desde el Guadiana hasta Cala Cerrada en Punta Parda”, predican los panandalucistas. Y bien cierto es su tierra edénica estas dimensiones físicas, pero no ideológicas ni históricas.

Que Andalucía no existe, que es solo una creación del romanticismo y una plasmación de aquellos que anclaron su nostalgia en la existencia de una especie de confederación plurinacional de naciones ibéricas, es irrefutable. Datos materiales hay cuantos se quiera. Creencias y leyendas forjadas para hacer creer la mentira y hacérsela creer a los agnósticos del andalucismo, hay las que se busquen pero la realidad es tozuda, tanto y tan impertinente como lo es el territorio y el hecho de que tras cuatro décadas de ideologismo subvencionado, nada se ha conseguido salvo que allá por el mes de febrero de cada año se obligue a todo el sistema educativo a celebrar y conmemorar a golpe de flauta y de bandera inventada lo que solo debe ser una fecha tristísima en el calendario, al menos del sureste español, de Granada y su histórico territorio; de Málaga, Almería y si se quiere, hasta de Jaén, que si no es por iniciativas provinciales encomiables, nada han sacado en claro con esta yerma autonomía.

El pucherazo del 28-F, la ilegalidad en que se desenvolvió y los manejos desplegados para llevarse a cabo manu militari la primera reforma —encubierta— de la Carta Magna sin más razón que el contubernio andalucista y la supremacía izquierdista sobre el noqueado centrismo, es algo incuestionable. Tanto que, hasta los propios artífices de aquel desatino histórico, los de más elevada decencia académica y política, lo critican abiertamente y se avergüenzan hoy. Y no desde hace poco, sino desde el momento mismo en que constataron el nivel que alcanzaba la felonía, cuando comenzó a materializarse la innecesaria reforma del Estatuto de 1981 y en los trabajos preparatorios del futuro “Pepe”, el inconstitucional estatuto —tanto como el catalán— con pretensiones constituyentes de Andalucía como una “nación histórica” que fue aprobado como Ley Orgánica 2/2007, de 19 de marzo, y por el que a sus artífices no les duelen prendas al afirmar que “la condición de nacionalidad histórica de Andalucía es sustraída del Reino de Granada, a la que pertenecían Algeciras, Almería, Granada, Jaén y Málaga, como queda reflejado en el escudo nacional”.

Con auténtico escepticismo presenté en 1998 el libro “España o las Españas. Debate con Blas Infante”, del desaparecido padre Iniesta Coullaut-Valera. Debo confesar que, tras leerlo y leer su texto de referencia, el Ideal Andaluz, que amén del enfrentamiento dialéctico al que me avoco mi discurso con su autor, hombre al que apreciaba, solo me dejó ausencias y el desasosiego por el futuro que algunos pretendían para mi auténtica Patria, así como el acentuamiento de mi más profunda convicción en la desmesurada patraña andalucista.

No me equivoqué. La realidad es tan pertinaz que si bien siempre lo he denunciado ahora lo hago con más convicción y afirmo que Granada, como concepto y sustantividad histórica, fue ultrajada involucrándola en este proyecto fallido que es la actual Andalucía; que los nuevos, tanto como los antiguos gestores del “infantismo”, adolecen de los mismos innatismos y quebrantos; y que antes las izquierdas de salón, como ahora las derechas acomplejadas, solo llevan a la evidencia de que hay que remediar esta situación tan lamentable, en la que de la Patria a la matria pasando por Blas Infante, casi hemos sucumbido.

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